dijous, 24 de juny de 2021

XIX


Desde la adolescencia, quizá incluso antes,

cuando corrías medio desnudo entre los ciruelos

mientras los adultos preparábamos la paella,

que no podías soportar el dolor, el suplicio

de la gente que la vida había herido.

Podía sonar el teléfono en la madrugada

y tu, despierto, pasabas horas pegado

al aparato velando por tu amigo.

O salías de casa escondidas como un ladrón

y bajo la luna con la bicicleta cruzabas el término municipal

para escuchar tu amiga que te necesitaba

y le ofrecías la rosa blanca y roja de tu sonrisa,

y tu maullido de ánimo y de coraje.

 

Sigue siendo un buen gato

y desde allí donde estés cuídanos

como sólo tú lo sabías hacer.